"PALABRA DE VIDA"

Vigésimo Noveno Domingo, Tiempo Ordinario (ciclo C)

Santuario, 16 de Octubre, 2016

Orar siempre sin desanimarse Lc 18,1-8

 

Ambientación:

         "Hoy sigue siendo necesaria la oración, pero una oración apoyada por la vida personal.

         Orar es sentirnos dependientes de Dios: humanos y sencillos.

Jesús para explicarnos cómo debemos orar, nos propone la parábola de la viuda que pide justicia.

         Hay que orar con insistencia y decir a Dios que queremos justicia. Pero por nuestra parte, en la vida real debemos ser consecuentes, y ser justos y buscar la justicia.

         ¿Qué sentido tendría pedir algo que no deseamos?

¿Podemos pedir a Dios con sinceridad, justicia, misericordia y perdón, si nosotros somos injustos, vengativos y no sabemos perdonar?

         Reflexionemos sobre la Palabra de Dios".

 

Leamos la Palabra de Dios.

                   El Señor nos invita para compartir la fe: meditemos la frase del Salmo 120: " El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra"


+ Lectura del Santo Evangelio según San Lucas, 18,1-8

         En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle:

 'Hazme justicia frente a mi adversario'; por algún tiempo se negó, pero después se dijo: 'Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.'» Y el Señor respondió: "Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

Palabra del Señor

Comentario

Orar siempre sin desanimarse Lc 18,1-8

 

         "Tengo en mi biblioteca una larga lista de libros sobre la oración. Están escritos por maestros espirituales de gran experiencia, creyentes que pasan muchas horas recogidos ante Dios. Son grandes orantes, capaces de estar en silencio contemplativo ante el Misterio. Su experiencia estimula y orienta la oración de no pocos creyentes.

         Sin embargo, hay otras muchas formas de orar que no aparecen en estos libros y que, sin duda, Dios escucha, entiende y acoge con amor. Es la oración de la mayoría, la que nace en los momentos de apuro o en las horas de alegría intensa. La oración de la gente sencilla que, de ordinario, vive bastante olvidada de Dios. La oración de quienes ya no saben muy bien si creen o no. Oración humilde y pobre, nacida casi sin palabras desde lo hondo de la vida. La «oración con minúscula».

         ¿Cómo no va a entender Dios las lágrimas de esa madre humillada y sola, abandonada por su esposo y agobiada por el cuidado de sus hijos, que pide fuerza y paciencia sin saber

siquiera a quién dirige su petición? ¿Cómo no va escuchar el corazón afligido de ese enfermo, alejado hace ya muchos años de la práctica religiosa, que mientras es conducido a la sala de operaciones empieza a pensar en Dios sólo porque el miedo y la angustia le hacen agarrarse a lo que sea, incluso a ese Dios abandonado hace tiempo?

         ¿ Cómo va a ser Dios indiferente ante el gesto de ese hombre que olvidó hace mucho las oraciones aprendidas de niño y que ahora sólo sabe encender una vela ante la Virgen, mirarla con angustia y marcharse triste y apenado porque a su esposa le han pronosticado sólo unos meses de vida? ¿Cómo no va a acoger la alegría de esos jóvenes padres, bastantes despreocupados de la religión, pero que agradecen sorprendidos el regalo de su primer hijo?

         Cuando Jesús invita a «orar siempre sin desanimarse» no está pensando probablemente en una oración profunda nacida del silencio interior y la contemplación. Nos está invitando a aliviar la dureza de la vida recordando que tenemos un Padre. Algunos lo hacen con palabras confiadas de creyente, otros con fórmulas repetidas durante siglos por muchas generaciones, otros desde un corazón que casi ha olvidado la fe. A todos escucha Dios con amor".

 

         Para llevar a término, lo reflexionado, hemos de pedirle al Señor por intercesión de nuestra Madre la Virgen de la Cabeza por:

        

1.- Mira, Señor, nuestro mundo, que se rompe por intereses limitados e injustos, y abre el corazón de las personas hacia el bien y la verdad. Oremos.

2.- Haz, Señor, que crezcamos en sentimientos de solidaridad con los países más pobres, que se mueren de hambre, y vivamos en austeridad y en entrega. Oremos.

3.- Cuida, Señor, con tu Amor y misericordia, de todos los enfermos y de quienes viven marginados y en soledad, y haz que encuentren la mano amiga que les ayude a seguir adelante. Oremos.

4.- Haz, Señor, que nuestra comunidad (parroquial) trabaje decididamente por la justicia, y crezca en entrega y en apertura. Oremos.

 

Oración: Concédenos, Señor, cuanto necesitamos para vivir, Tú que sabes mejor que nadie lo que necesitamos.

 

Damos Gracias

"Mantener siempre atentos los oídos

al grito de dolor de los demás,

y escuchar su llamada de socorro es solidaridad.

Sentir como algo propio el sufrimiento

del hermano de aquí y de el de allá,

hacer propia la angustia de los pobres es solidaridad.

Dejarse transportar por un mensaje

cargado de esperanza, amor y paz,

hasta apretar la mano del hermano, es solidaridad.

Convertirse uno mismo en mensajero

del abrazo sincero y fraternal

que unos pueblos envían a otros pueblos es solidaridad.

Llenos de alegría por la fuerza de la Oración y sintiéndonos llenos de tu Amor, te pedimos, Señor, que ahora y siempre sepamos llevar cada uno de nosotros este Mensaje y esta Vida a todos los hermanos".

¡Feliz semana!

 

                                     ¡Viva la Virgen de la Cabeza!

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