PALABRA DE VIDA
SÉPTIMO Domingo, Tiempo Ordinario (ciclo A)
Santuario, 19, Febrero, 2017
" .. si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis?.. "
Ambientación
"Acudimos a la ORACIÓN desde las tareas y los compromisos de la vida. Durante la semana hemos estado inmersos en responsabilidades de tipo personal, familiar, laboral o vecinal. Esta ORACIÓN pretende potenciar todo lo que somos y todo lo que hacemos. Nos reunimos en torno a Jesús, para expresar, como El, la admiración que sentimos por Dios y para darle gracias por lo mucho que nos ayuda.
Nuestra vocación se resume en amar y ser santos, según el ejemplo que Dios nos ha dejado. Pero los esquemas de Dios no siempre coinciden con los nuestros. Por eso ambientamos la ORACION con estos símbolos:
- Arma blanca: símbolo del rencor, de la venganza y, en
general, de los malos sentimientos.
- Ramo de flores diferentes: símbolo de los buenos sentimientos y de los valores humanos que hacen elegante y santa a una persona".
(Un momento de silencio)
En la presencia de Dios decimos:
"Dios, Padre bueno, reconocemos que eres santo y misericordioso sin límites. Sentir tu presencia es una bendición y un acicate para convivir dignamente. Padre, que los cristianos sepamos ser anuncio y testimonio de esa vida alternativa que pregona el Evangelio". Amén.
Leemos la Palabra, para que nos ilumine y nos afiance en la fe de Jesús:
+ Lectura del santo evangelio según san Mateo, 5,38-48
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Habéis oído que se dijo: "Ojo por ojo, diente por diente." Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas.
Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»
Palabra del Señor.
Comentario:
"Hay que reconocer que la consigna de Jesús de amar al enemigo y de hacer el bien a los que nos aborrecen resulta difícil; y para los que no viven en serio la fe, incomprensible. ¡Vaya si es difícil perdonar y amar a quien por fanatismo político te ha privado de lo más querido: el esposo o un hijo! ¡Vaya si es difícil perdonar y amar al que ha deshecho tu vida porque con un explosivo te ha privado de las piernas! ¡Vaya si es difícil perdonar a quien te ha destrozado la vida robándote a traición el marido o la esposa, o el puesto de trabajo, o una herencia que te pertenecía legítimamente!.
Es difícil amar al que te odia, al que te hace la vida imposible, al que no te deja vivir en paz, al que ha manchado tu imagen. Resulta muy difícil tender la mano a quien te puso la zancadilla, como es difícil amar y ayudar al que te cae antipático, al interesado y egoísta. Sin embargo, el amor hacia ellos y la actitud de ayuda es incuestionable para los discípulos de Jesús. No se trata de una consigna opcional o exclusiva para héroes, sino de una señal distintiva del cristiano.
Como afirman los teólogos y pensadores cristianos, nuestra señal identificadora, más que el amor mutuo entre nosotros, es el amor a los enemigos. Por eso Jesús dice: "Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Eso lo hacen también los pecadores, los que viven en la dinámica del egoísmo". En cambio, los primeros cristianos se distinguían por la vivencia de los dos aspectos esenciales del amor evangélico: el amor fraterno de comunión y el amor de perdón a los enemigos. Recordemos el ejemplo de Esteban que muere mártir orando por los que le quitan la vida a pedradas. La fraternidad y el amor a los enemigos, conjuntamente, eran los que dejaban atónitos a judíos y paganos..
Es imprescindible amar, acoger y ayudar a los enemigos repulsivos porque es consigna de Jesús, porque hay que irradiar el amor de Dios a todos los hombres, porque Jesús amó y perdonó a todos, y ahora también nos perdona y ayuda a todos incondicionalmente.
Pero Jesús no lo hizo porque sí, sino por una razón profunda: El amor a los que parecería que presentan todas las razones para ser odiados es el amor más puro, el test de autenticidad de todo "otro" amor. Yo me siento profundamente amado por el amigo que es capaz de amar a sus enemigos, a los seres más degradados.
El amor es esencialmente gratuito, y el amor a los enemigos repelentes está ungido con una total y absoluta gratuidad. En este caso, se ama no a aquél al que debes algo, sino sólo y exclusivamente porque sí, por la sencilla razón de que es una persona, un hijo de Dios. Se ama a fondo perdido, como ama Dios. Se ama "divinamente".
Amar al simpático, al que te ha colmado de favores, al buenazo, al que es adorable, eso lo hace cualquiera. Pero, ¿es amor o complacencia? Madre, lo que se dice madre, no es sólo aquella que adora al hijo que es un encanto, que la llena de satisfacciones porque es bueno, sino también aquella que ama al hijo degenerado, que le ha destrozado la vida a disgustos, para regenerarle. Ésa es doblemente madre. Amar a los indeseables es privilegio de los espíritus magnánimos y de las almas grandes. Pagar odio con odio y mal con represalias es revolcarse en el mismo fango que los enemigos. El odio degrada, aunque sea un odio-respuesta a otro odio.
Por lo demás, hay que decir que sólo quien ama al enemigo y al indeseable ama de verdad a los amigos. Quien excluye a alguien de su amor es que no ama a nadie; o amamos a todos o no amamos a nadie, porque toda persona reúne las razones básicas y suficientes por las que hemos de amar a los seres humanos. Naturalmente, Jesús no nos exige que sintamos ante quien nos ha robado la billetera o nos ha clavado la navaja lo mismo que ante quien nos ha hecho un regalo y cuida de nosotros. No nos pide la ternura y los sentimientos de alegría que sentimos en presencia de quien sabemos que nos ama. Sólo nos pide aceptación, perdón, comprensión y compasión. Sí, compasión porque muchas veces se trata de verdaderos enfermos psíquicos, que temperamentalmente o educacionalmente son unos tarados infelices; por eso precisamente no dejan ser felices a los demás.
Hay consignas de Jesús que parecen escandalosas: "No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pida, dale, y al que te pida prestado, no le vuelvas la espalda". Con estas palabras Jesús no nos invita a la ingenuidad, ni a la debilidad, ni a dar paso libre a los truhanes y caraduras de turno. Es preciso tener en cuenta el contexto en que habla Jesús y el lenguaje exagerado de los orientales. Tolerar pasivamente las injusticias y retirarse de la lucha contra el mal sería una traición al Evangelio. Hay que denunciar ante la Justicia, llevar a los tribunales, cuando sea necesario defender los derechos; aplicar sanciones cuando sea preciso, pero sin odio, sin espíritu vengativo, respetando siempre la dignidad de las personas y buscando su regeneración.
Jesús perdonó a todos, pero no fue pasivo ante la violencia. No puso la otra mejilla: "Si he hablado mal, dime en qué; y si he hablado bien, ¿por qué me pegas?" (Jn 18,23).
Además de las razones teológicas para rechazar el odio, hay otra razón poderosa: la paz interior, la salud psíquica. Se dice muy gráficamente: "El odio me recome". Y es que el odio, el rencor, el resentimiento son como una úlcera en lo profundo del espíritu que impide gozar de la vida. Es una experiencia de infierno. Las malas jugadas desencadenan represalias que, a su vez, provocan otras represalias contra las anteriores; así se genera una espiral de violencia interminable. Por eso, como todos sabemos, a veces saber perder es ganar. El odio es como el cáncer en el corazón humano. El cristiano no sólo ha de estar liberado del odio y del rencor, sino que ha de ser el que dé el primer paso hacia la reconciliación.
La Palabra del Señor nos urge a preguntarnos: ¿Tengo algún resentimiento que no acabo de vencer? ¿Tengo enemistades que no acabo de superar? ¿Cómo intento liberarme de estas esclavitudes? ¿Qué hago por la reconciliación?
Me imagino que más que odios dramáticos, lo que puede darse con más facilidad en nuestra vida es una agresividad inconsciente hacia personas con las que no congeniamos o de las que creemos que son injustas, interesadas y egoístas con nosotros, y a las que no terminamos de acoger y con las que no vivimos íntimamente reconciliados a pesar de nuestras relaciones más o menos corteses. San Juan de la Cruz tenía esta sabia consigna: "Donde no hay amor, siembra amor y cosecharás amor".
¡Qué sobrehumano es Jesús! ¿Cómo responde a las carcajadas de sus verdugos que se ríen estentóreamente de él porque, por fin, le tienen bien remachado en la cruz, con la carne hecha colgajos y con el cuerpo hecho una pura llaga? "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34). ¿No saben lo que hacen cuando llevan meses y meses planeando minuciosamente su muerte? ¡Lo que hace el amor!
Empeñémonos en vivir la tan conocida plegaria de san Francisco de Asís: "Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Que donde haya odio, yo ponga amor".
Reflexionemos.
Momentos de compartir la palabra...
Oremos y Pidamos al Señor por intercesión de nuestra madre la Virgen de la Cabeza.
1.- Oremos para que penetren en la sociedad los valores del Evangelio por medio de la presencia activa de los cristianos. Oremos:
2.- Oremos para que todos seamos artesanos de la paz, superando siempre la reacción del ojo por ojo y diente por diente. Oremos:
3.- Pidamos que el Espíritu ilumine nuestras Comunidades para testimoniar la bondad de Dios que no se cansa de querer a buenos y malos, amigos y enemigos. Oremos:
4.- Oremos por la paz y la reconciliación entre todos.
. Por éstas y por todas nuestras intenciones, roguemos al Señor.
Damos Gracias, al Señor, por cuanto nos concede:
"Tú conoces mi corazón rácano, Jesús.
Tú sabes cómo funciona mi memoria, y la cuenta que lleva de los fallos que le hacen...
Límpiame de todo recuerdo de aquello que me hicieron.
Regálame, Señor, una memoria sana.
Ayúdame a olvidar y no permitas que mi rencor me deje llevar cuenta de nada.
Líbrame, Tú, de la vanidad exigente, que me hace regañarme y no aceptarme.
Susúrrame que los fallos son oportunidades para crecer.
Me exijo, y exijo demasiado a los demás.
Dame, Señor, un corazón tolerante para mí y para los otros. Enséñame a perdonar a tu manera: sin fin.
Jesús, pongo ante Ti los nombres de todos aquellos que me hicieron algún daño.
Quiero perdonarlos contigo, y quedarme con el corazón limpio de memorias dolientes.
Dame amnesia, Señor, que olvide todo, vacía mi mente de todos los rencores, que no me quede ni un detalle de dolor,
que acepte todo lo que me dolió como parte de mi historia,
como semilla de lo que hoy soy, de lo que Tú y la vida habéis hecho conmigo.
Me perdono contigo por mis fallos, mis desaciertos, mis prisas, mis malos humores, mi falta de risa.
Siento, Señor, que eres perdón y que me envuelves".
¡Feliz Semana!