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LECTIO DIVINA. DOMINGO CUARTO DE ADVIENTO

escrito por:  admin hace 1 año  2163 visitas

 Actos

LECTIO DIVINA. CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO. CICLO C

 

1.- INVOCACIÓN AL ESPÍRITU

 

2.- EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 1, 39- 45

En aquellos días, María se puso de camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel escuchó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo voz en grito: ¡Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

 

3.- PROFUNDIZANDO EN LA PALABRA

a) El niño saltó en su seno

 

  • La visita de María, llevando en su interior al mismo Jesucristo, produce alegría y gozo en Isabel. María es la verdadera arca de la alianza, que lleva al verdadero Dios hacia el pueblo. El arca del Antiguo Testamento alegró al rey David que bailó ante ella (2 Sm 6). Juan Bautista goza, incluso da saltos, porque María es el arca que lleva al Señor.
  • La presencia de Jesús, aun antes de nacer, suscita alegría en Isabel, inspirada por el Espíritu, y en todos aquellos que descubren la presencia de Dios en sus vidas.
  • Jesús viene para traernos la felicidad, para superar los pecados y los signos de muerte. Sólo hace falta tener los ojos de la fe abiertos para descubrir su presencia y experimentar el gozo de la salvación que Él nos regala.
  • Juan Bautista representa al Antiguo Testamento, que se alegra por la prolongada espera del Mesías, ya presente en la historia de los hombres.
  • Isabel representa a la humanidad. Ella, anciana y estéril, es figura de los humanos que sufren carencias de muchos tipos, pero que, al esperar y percibir la presencia del Señor, prorrumpen en acción de gracias, porque reconocen todo el bien que Dios nos trae en su Hijo Jesús.
  • Dios siempre aporta a la humanidad el consuelo, la superación de los sufrimientos, la alegría, la felicidad. Él viene siempre para destruir en nosotros los signos de muerte: enfermedad, complejos, depresiones, pecado, muerte.

b) Dichosa tú que has creído

  1. Isabel reconoce la fe de María. En contraposición de Zacarías, que se quedó mudo por no creer el anuncio del nacimiento de su hijo Juan (Lc 1, 22).
  2. María creyó el mensaje de Dios, expresado por el ángel Gabriel. Y se inclinó totalmente al proyecto del Señor: Aquí está la esclava del Señor, que me suceda como tú dices (Lc 1, 38).
  3. El mismo Jesús alabó a su propia Madre, al decir: Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 11, 28).
  4. María fue dichosa porque creyó en Dios, que es fiel a su Palabra, a sus promesas. No le habría sido fácil mantener viva su fe cuando vio a su Hijo tan pequeño, tan desprovisto y perseguido, tan necesitado de los cuidados maternales y, más tarde, calumniado, incomprendido, sentenciado, crucificado, muerto. Sólo María creyó en su Hijo totalmente. Sólo María confió en Él y en su misión, aun cuando todo le decía que su Hijo había fracasado como Mesías.
  5. Lucas en este relato destaca la fe de María, la disponibilidad para transformar su fe y sus ratos de contemplación en caridad y en servicio a su prima necesitada en el sexto mes de su embarazo. Y para descubrir lo que el Señor realiza en la historia de los demás.
  6. María e Isabel saben dialogar y comunicarse las maravillas que en ellas está realizando el Señor. Por eso, Isabel alaba a María.

c) Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre

  • La bendición es reconocer la obra que Dios hace en las personas. Una bendición "descendente", de Dios hacia los humanos, la bendición que el sacerdote imparte al final de cada Misa. También hay una bendición "ascendente", la que se dirige a Dios para alabarlo y glorificarlo y también, la bendición a las otras personas por reconocer su dignidad como instrumentos de la bondad y amor del Señor.
  • Isabel bendice a María, porque ha confiado totalmente en el Dios. María en el Magnificat, bendice a Dios por las maravillas que derrama sobre los humanos, poniendo de relieve la "pequeñez" del ser humano y la "grandeza" del Poderoso.
  • Cuando se mira las personas, la historia, las criaturas con los ojos de la fe, todo es digno de bendición y de agradecimiento. Así lo expresa María en su cántico del Magnificat. Así lo vivió y cantó Francisco de Asís en su "Cántico al hermano sol": Loado seas, mi Señor.

4.- MEDITA

 

  • “Ir de prisa” al encuentro del herman@ para compartir todo cuanto el Señor me regala, para comunicarnos las “obras maravillosas” que Dios realiza en mí y a través de mí. Eso hizo María con su prima Isabel. Compartir el gozo y la alegría de sentirse agraciad@ por la llamada, por la vocación, por el regalo de la vida, de la fe y del amor. Me detengo para meditar este aspecto importante de mi vida, y ver cómo lo vivo, cómo lo comparto.
  • ¡Qué gozo y alegría cuando en una comunidad, en una familia, se comparten sentimientos, vivencias, experiencias, tanto humanas como de fe! Es como si se repitiera en mí el encuentro de María con Isabel. La “criatura” salta de alegría en mi interior; es vivir algo poco común, es sentir que tu corazón recibe una descarga llena de emoción, sentimiento gozoso, alegría inmensa. Es disfrutar de una comunidad que comparte y alegra, es sentir que vives con tu familia. ¡Qué bonito vivir, convivir l@s herman@s unidos!
  • Especialmente, qué gozo se siente cuando me pongo al servicio del herman@ de comunidad o de personas de mi realidad de apostolado, que necesitan más atenciones y cuidados, más delicadeza y cuidados por ser mayores o estar enfermos, del cuerpo o del espíritu, o porque necesitan más comprensión y respeto, más desvelos y paciencia.
  • Por otra parte, esta escena del evangelio resalta la “bienaventuranza de la fe”. Isabel destaca la fe inquebrantable de María, la fuerza con la que afronta la propuesta salvadora de Dios. La llama bienaventurada, feliz, dichosa porque ha creído y se ha puesto en manos del Padre. ¡Cómo contrasta esta fe de María, de sentirse débil, pequeña, insignificante, necesitada de Dios para afrontar la misión de ser la MADRE del Mesías, con mi actitud cargada de autosuficiencia, de vanagloria, de prepotencia!
  • No siempre me siento necesitado de Dios, porque confío más en mis fuerzas personales, intelectuales o psicológicas, en lo que yo he conseguido hasta ahora.
  • No siempre acepto mi  debilidad, mi pobreza, carencias de cualquier tipo, dudas y miedos. Me resisto a exponerlas en público, a que los demás las descubran y conozcan mis puntos más vulnerables.
  • Por eso, quizá, mi fe es tan floja e inconsistente. Porque no es Dios, no es Cristo la fuente y la raíz de mi fe y mis convicciones más profundas. Me apoyo más en mí mismo, en mis fortalezas, en mis seguridades que en la aventura de ponerme en manos del Padre, como hicieron los grandes creyentes, como lo hicieron María y su Hijo Jesús.
  • Me tengo que preguntar muchas veces cuáles son las causas del por qué no me siento feliz, alegre, no me llenan tanto ni mi vida religiosa, ni mi comunidad/familia, ni mi apostolado, ni el entregarme a los pobres, encarcelados y oprimidos. Por qué no me hace feliz mi vocación.
  • María fue dichosa porque creyó, porque confió y se puso en las manos del Padre.  Feliz María porque aceptó sin reservas al Hijo engendrado en su seno.
  • María ha de ser para mí modelo de una vida según Dios, consagrada al servicio de salvación de los demás, entregada a hacer felices a los más pequeños y desgraciados:

 

* María, «la madre de mi Señor». «Bendecida por Dios entre todas las mujeres», ella nos ofrece a Jesús, «fruto bendito de su vientre».

* María, la creyente. Ha sabido escuchar a Dios; ha guardado su Palabra dentro de su corazón; la ha meditado; la ha puesto en práctica cumpliendo fielmente su vocación. María es Madre creyente.

* María, la evangelizadora. Allá a donde va lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu. Esto es lo esencial del acto evangelizador.

* María, portadora de alegría. «Alégrate… el Señor está contigo». Ahora, desde una actitud de servicio y de ayuda a quienes la necesitan, María irradia la Buena Noticia de Jesús, el Cristo, al que siempre lleva consigo. Ella es para la Iglesia el mejor modelo de una evangelización gozosa.

 

5.- ORACIÓN FINAL

NAVIDAD ES ACERCARNOS A LOS OTROS

Dios comienza siempre por el corazón. Pero pronto baja a los pies.

Mejor dicho: Dios pone pies, al corazón.

María recibió del Ángel la noticia de que su anciana prima Isabel

estaba esperando un hijo y ya estaba de seis meses de gestación.

No fue necesario que Isabel le pidiese y solicitase sus servicios.

El amor descubre las necesidades de los demás.

El amor no necesita que nadie le pida favores.

El amor no necesita que alguien le solicite servicios.

María no esperó la llamada de Isabel.

Porque el amor no espera.

Hay un refrán que dice: “donde hay amor, allí está la mirada”.

Y donde está la mirada, el amor pasa del corazón a los pies.

Y el amor pone en camino al corazón.

El corazón pone prisas a los pies.

Amor, corazón y pies se hacen servicio de los demás.

El amor ve lo que los ojos no ven.

El amor ve lo que los egoístas no ven.

El amor ve lo que otros no vemos.

El amor ve y no lo piensa dos veces.

El amor siempre tiene prisa, no sabe esperar.

El amor no espera llamadas.

El amor no se queda en sentimientos.

El amor se hace gesto, actitud, camino y servicio.

Isabel debió de llevarse toda una sorpresa al ver delante de ella a María.

Y no pudo aguantar su alegría y estalló en un grito de alabanza y reconocimiento.

Las dos llenas de Dios.

Las dos, cada una descubriendo el misterio de la otra.

No basta con ver las cosas desde lejos.

Ni basta con saber que otros nos necesitan.

No basta con saber que otros están tristes.

No basta con saber que otros están solos y necesitados.

Cuando amamos nuestros pies se ponen en camino.

Llevar alegría a los demás.

Hasta una niña puede hacer feliz todo el día con una simple sonrisa de amor.

Por eso en esta visita y encuentro todos saltan de alegría:

Salta de alegría Juan en el vientre de Isabel.

Salta de alegría Isabel y grita de gozo.

Salta de alegría María y entona su himno de reconocimiento y agradecimiento.

Bonita preparación para la Navidad.

El corazón que ve venir al que todos esperan y nadie ve.

El corazón de cada uno de nosotros, que también debiéramos ver a Jesús

viniendo en los que nos están necesitando.

No esperemos a que nos llamen. Vayamos nosotros a ellos.

No esperemos a que toquen nuestras puertas. Abrámoslas antes de que llamen.

No esperemos a que nos manden avisos. Hagámonos sorpresa en su vida.

No esperemos a que nos pidan que sequemos sus lágrimas.

Ofrezcámosles nuestro pañuelo.

No esperemos a que vengan. Seamos nosotros los que vayamos.

La visitación de María recién concebido al Hijo de Dios es el gran símbolo de la Navidad.

Porque ¿qué otra cosa es la Navidad sino la visita de Dios?

¿Y qué otra cosa es ser cristiano?

«Estuve enfermo y me visitasteis. Estuve en la cárcel y vinisteis a verme.

Estuve hambriento y me disteis de comer, sediento y me disteis de beber, desnudo y me vestisteis».

Navidad es Dios que «viene».

Navidad es «nosotros que vamos».

NAVIDAD SOY YO QUE ACERCO A LOS DEMÁS.

Bienaventurado yo si lleno de alegría el corazón de los demás,

si hago de mi vida una feliz Navidad.

 

 

 

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