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LECTIO DIVINA CORRESPONDIENTE AL TERCER DOMINGO DE PASCUA

escrito por:  admin hace 1 año  2425 visitas

 Actos

LECTIO DIVINA CORRESPONDIENTE AL TERCER DOMINGO DE PASCUA

 

1. INVOCACIÓN AL ESPÍRITU

 

LA DANZA DEL ESPÍRITU

Espíritu que procedes del Padre, consagrando su paternidad; Espíritu que procedes del Hijoy consagras su filiación.

Espíritu admirativo, en el que el Padre y el Hijo se extasían.  Eres resplandor en el rostro del Padre y del Hijo, espejo en que ambos se contemplan, brillo y calor de la Hoguera divina, eres sello trinitario, alianza que brilla en los dedos del Padre y del Hijo, anillo que habla de entregas y cierra el gran circulo; eres lazo de amor irrompible.

Desbordas la Fuente trinitaria y llegas hasta nosotros, contagiándonos de vida y divinidad,  séllanos a la manera trinitaria,siembra en nosotros semillas de Trinidad

 

2. EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 21,1 19

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?» Ellos contestaron: «No». Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.» Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Él le dice: «Pastorea mis ovejas.» Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.» Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

 

3. RESUENA LA PALABRA

  • De "estar con las puertas cerradas", como vimos el domingo pasado a los discípulos, pasamos al aire libre:

"Me voy a pescar" (v.3). La Iglesia sale al aire libre, a la misión, a sumergirse en las aguas y en las borrascas de la vida... es la Iglesia EN SALIDA que pide el Papa Francisco. "Nosotros también vamos contigo" (v.3). Juntos, en comunidad, en misión y en la misma faena. "Aquella noche no pescaron nada" (v.3).

  • "Cuando comenzaba a amanecer" (v.4)..., "muy temprano" (Jn. 20,1), "al alborear el día" (Lc 24,1), la presencia del Resucitado les hace caer en la cuenta de su fracaso y de que con Él todo es diferente (v. 4-6). Habían olvidado la advertencia de Jesús: "sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 5).
  • Es "la mañana", es "el alba", el día primero de un mundo nuevo... "Echad las redes a la derecha de la barca y encontraréis..." (v.6), el lado de "la bendición" según el judaísmo; por sugerencia del Espíritu de Jesús resucitado todo es fecundo, abundante, generoso... (v.6).
  • "Al bajar a tierra encontraron unas brasas con un pescado puesto encima y pan" (v.9). La comunidad ha de volver a tierra, a encontrarse con su Señor que les sirve a la mesa con el fuego del Espíritu: "Venid a comer". "Vamos, almorzad" (v.12). Es una invitación a participar de la gratuidad de la resurrección y del don de la misión hechos banquete del Resucitado.
  • Queda en el aire una pregunta dirigida a Pedro y a cada creyente: "¿me amas, me quieres?" (v.16-17). "Señor, tú lo sabes todo" (v.17).

“Salieron y entraron en la barca” (v.3). ¿Estoy dispuesto, yo también, a hacer este recorrido de conversión? ¿Me dejo despertar por esta invitación de Jesús? ¿O prefiero seguir escondido, detrás de mis puertas cerradas por el miedo, como estaban los discípulos en el cenáculo? ¿Quiero decidirme a salir, a ir en pos de Jesús, a dejarme enviar por Él? Hay una barca siempre para mí, hay una vocación de amor que el Señor me ha dado. ¿Cuándo me decidiré a responder de verdad?

Y en aquella noche no pescaron nada”  ¿Tengo el valor de dejarme decir por el Señor que en mí existe el vacío, que es de noche, que no tengo nada entre las manos? ¿Tengo el valor de reconocerme necesitado de Él, de su presencia? ¿Quiero revelarle mi corazón, lo más profundo de mí mismo, lo que trato siempre de ocultar, de negar? Él lo sabe todo, me conoce hasta el fondo; ve que no tengo nada que comer; pero soy yo el que debe darse cuenta, el que debo llegarme a Él con las manos vacía, ojalá llorando, con el corazón lleno de tristeza y angustia. Si no doy este paso no surgirá la verdadera luz, el alba de mi día nuevo.

“Simón Pedro… se echó al mar.  No sé si podré encontrar un versículo más bello que éste. Pedro se arrojó el mismo. Ahora es mi momento. ¿Quiero yo también arrojarme en el mar de la misericordia, del amor del Padre, quiero entregarle a Él toda mi vida, mi persona, mis dolores, las esperanzas, los deseos, mis pecados, mis ganas de volver a empezar? Sus brazos están preparados para recogerme, más todavía, estoy seguro: será Él quien se arroje a mi cuello, como está escrito: “El padre lo vio de lejos, corrió a su encuentro y se arrojó al cuello y lo besó”

Traed de los peces que habéis pescado ahora” (v.10).  El Señor me pide unir su alimento al mío, su vida a la mía. Y como se trata de peces, significa que el evangelista está hablando de personas, aquellas a las que el mismo Señor quiere salvar, por mi pesca. Porque por esto Él me envía a su mesa, a su fiesta, Él me espera. No puedo ir a Jesús solo. Esta palabra, por tanto, me pide si estoy dispuesto a acercarme al Señor, a sentarme a su mesa, a hacer Eucaristía con Él y si estoy dispuesto a gastar mi vida, mis fuerzas, para llevar conmigo a muchos hermanos a Él. Debo mirar mi corazón con sinceridad y descubrir mis resistencias, mis obstáculos a Él y a los demás.

“¿Me amas tú?” (v.15). ¿Cómo hago para responder a esta pregunta? ¿Quién tiene el valor de proclamar su amor por Dios? Mientras tanto salen a relucir todas mis infidelidades, mis negaciones; porque lo que le ha sucedido a Pedro forma parte de mi vida, de mi historia. Pero no quiero que este miedo me bloquee y me haga retroceder; ¡no! Yo quiero andar con Jesús, estar con Él, quiero acercarme y decirle que, sí, yo lo amo, lo quiero mucho. Tomo prestadas las palabras de Pedro y las hago mías, me las escribo en el corazón, las repito. Las rumio, las hago respirar y vivir en mi vida y después cobro ánimo y digo delante del rostro de Jesús: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”. Así como soy, yo lo amo.

Apacientas mis ovejas…Sígueme” (vv. 15.19).  Bueno, el pasaje acaba así y permanece abierto, continúa hablándome. Esta es la Palabra que el Señor me entrega, para que yo la realice en mi vida, de hoy en adelante. Quiero aceptar la misión que el Señor me confía; quiero responder a su llamada y quiero seguirlo, a donde Él me lleve. Cada día, en las cosas pequeñas.

 

4. MEDITO

 

  • ¿Cómo aplico la riqueza de este texto evangélico a mi vida? ¿Sigo buscando o realizando al razón de mi vida religiosa y de apostolado en constante enroscamiento sobre mía mismo, sobre mis miedos, preocupaciones, sentimientos de inutilidad o culpabilidad, mi escasa valía o complejos a la hora de “salir” y buscar la claridad del día, gozando de las maravilla que me ofrece el Señor a través de todas las realidades que me rodean?
  • ¿Cómo vivo mi ser  miembro de la Familia Trinitaria, de mi comunidad, de la  Iglesia?
  • ¿Qué percibo que me está pidiendo-exigiendo el Señor en cuanto a entrega, disponibilidad, servicio, comunidad, amor?.
  • ¿Puedo hacer algo más en mi condición de religios@  trinitari@ al servicio de los pobres y marginados?  
  • ¿Confío al Señor mis tareas, sobre todo, las de la misión? “Sin mí no podéis hacer nada” nos dice Jesús. ¿Llevo a rajatabla este principio de comunión con Cristo para realizarme como persona y como creyente, como religios@?

 

5. ORACIÓN FINAL

RECIBIRÉIS FUERZA PARA SER MIS TESTIGOS (Hch.1,8)

 

Yo sé, dice el Señor,  que la misión es arriesgada,

duros son los trabajos evangélicos,

sembrar buena semilla en tierra dura

y limpiar las espinas y las zarzas.

Y los frutos, ¿quién sabe?, tan exiguos,

la cizaña diabólica mezclada.

Es dura la misión. Hablar de Dios,

defender a los pobres y oprimidos,

estar con los que pierden,

las víctimas, decir no a poderosos y violentos.

Se reirán de vosotros los que mandan,

irán contra vosotros los que tienen 

el vuelo de paloma dispersado

por halcones terribles, sin entrañas.

Es fácil predicar el Evangelio,

pero es duro vivir el Evangelio,

las Bienaventuranzas encarnadas,

vivencia del amor hasta el extremo.

Por eso yo estaré junto a vosotros,

alentando la fuerza del Espíritu,

y seréis mis testigos elocuentes.

profetas, servidores y mis mártires.

Y no se perderá vuestra semilla,

ni quedará infecunda vuestra sangre.

Veréis a la justicia floreciendo

y la Pascua y el Reino progresando, os lo aseguro.

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